Ethea 02

El Capitán siempre se jactó de ser un viajero a la vieja usanza; no utilizaba estudios de campos, ni espectroscopias.

El hombre simplemente se montaba en su nave y se adentraba en el universo desconocido, solo. Además, nunca grabó video logs, ni dejó archivos de audio. Solo escribía.

Todo esto unido al hecho de que era un parlanchín y un mujeriego, hace difícil creer su historia. Aun así, me comprometí a contarla y lo haré porque era un buen maestro y buen amigo. Además, admito que sus notas enganchan, eran claras y precisas, en lo que cuentan y en cómo lo hacen:

“Este lugar es un paraíso.”

Empezó sus notas haciendo gala de su habilidad de cuentacuentos y siguió diciendo que Ethea, así nombró al lugar en donde estuvo, era un planeta extraño y fascinante en el dónde la tierra era irregular, laminada y blancuzca, y daba la sensación de estar pulida.

Dijo que estaba lleno de profundas hondonadas al fondo de las que se almacenaban líquidos coloridos y en calma, que permanecían siempre serenos y sin movimiento. Algo impresionante si tomamos en cuenta que, por otras descripciones hechas después, unas fuertes tempestades azotaban la superficie del planeta.

Lo que relató el Capitán de aquellos lagos abstractos era más bien surrealista:

“Son cálidos al tacto y cuando acerco mis dedos a ellos, generan pequeñas ondas concéntricas en la superficie, antes de que los toque. Creo que están vivos. En mis dedos dejan una sensación oleosa y ligera, que produce calma dentro de mí”.

Seguía su historia diciendo que se hallaban, siempre, depositados al fondo de las depresiones pulidas de la superficie del planeta:

“Desde donde estoy puedo ver los lagos transparentes, grandes e imponentes; cada uno de un color y un olor diferente y particular. Todos rodeados por altas montañas, blancas y pulidas; son como grandes madres que cuidan a sus delicados pequeños, que descansan acurrucados en sus valles.”

Rohan describió cómo su corazón saltaba cuando se acercaba a ellos y de cómo tenía la necesidad interna de arrodillarse y de meter las manos dentro del líquido; sentía cómo trepaban brazos arriba, por sus células, una a una, relajándolo y haciendo que su piel, rota por la resequedad, se hiciera suave y tersa sin esfuerzo.

“¡Soy consciente de cómo mi cuerpo absorbe a estos extraños seres!”

Una maravilla.


El descubrimiento de Krkyn

 

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